28 de septiembre de 1821: el Acta de Independencia y el nacimiento del México independiente

Un día antes, las calles de la Ciudad de México habían recibido al Ejército Trigarante entre banderas, flores y una multitud que presenció el desenlace de once años de lucha. La Independencia se había consumado.

Pero todavía faltaba algo fundamental.

El nuevo país necesitaba declarar por escrito su condición de nación soberana y establecer una autoridad capaz de conducir sus primeros pasos. Esa tarea comenzó el 28 de septiembre de 1821, apenas un día después de la entrada del Ejército Trigarante a la capital.

Aquella jornada quedó plasmada en uno de los documentos fundamentales de nuestra historia: el Acta de Independencia del Imperio Mexicano.

No fue simplemente una formalidad después de las celebraciones del día anterior. El Acta expresó, con palabras, una transformación que había costado más de una década alcanzar: el territorio que había formado parte de la monarquía española comenzaba a organizar su propio gobierno.

Después del desfile comenzaba otra historia

El 27 de septiembre había dejado una imagen poderosa: el Ejército Trigarante recorriendo las calles de la capital y anunciando públicamente el triunfo del movimiento independentista.

El día siguiente tuvo un carácter diferente.

El 28 de septiembre se estableció la Junta Provisional Gubernativa, organismo encargado de ejercer provisionalmente funciones de gobierno mientras se definía la organización política de la nueva nación. Durante su primera sesión, celebrada en Palacio Nacional, se pronunció el Acta de Independencia del Imperio Mexicano.

Era necesario pasar de los símbolos y las celebraciones a las instituciones.

La guerra podía haber llegado a su desenlace, pero gobernar un territorio independiente planteaba preguntas mucho más difíciles: quién ejercería la autoridad, bajo qué sistema político se organizaría el país y cómo se relacionaría la nueva nación con el resto del mundo.

El Acta fue uno de los primeros pasos para responderlas.

¿Qué declaró realmente el Acta de Independencia?

El documento proclamó a la nación como soberana e independiente de la antigua España y expresó su capacidad para constituirse y establecer relaciones con otras naciones. También retomó las bases políticas que habían sido planteadas previamente en el Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba.

Aquellas palabras tenían una enorme carga política.

Durante tres siglos, el territorio había formado parte de la monarquía española. Ahora se afirmaba que la nueva nación podía decidir su organización y ejercer los derechos correspondientes a un Estado soberano.

El documento también refleja el lenguaje y las ideas de su época. México todavía no era la república federal que conocemos actualmente y tampoco estaba resuelto el rumbo que seguiría durante los años posteriores.

La Independencia había terminado con un orden político, pero todavía estaba por construirse el siguiente.

¿Por qué se llamó Imperio Mexicano?

Para un lector actual puede resultar extraño encontrar la palabra “Imperio” en el documento de Independencia.

Sin embargo, en 1821 el proyecto surgido del Plan de Iguala y de los Tratados de Córdoba contemplaba una monarquía constitucional como forma de gobierno. Por esa razón, los documentos de aquel momento utilizaron expresiones como “Imperio Mexicano” y el propio texto del 28 de septiembre recibió el nombre de Acta de Independencia del Imperio Mexicano.

Esto no significa que el México actual naciera con las mismas instituciones que conocemos hoy.

El país atravesaría en pocos años cambios profundos. El Primer Imperio tendría una vida breve y posteriormente se establecería la República Federal.

El México independiente no apareció completamente definido el 28 de septiembre. Comenzó entonces un proceso de construcción política que continuaría durante buena parte del siglo XIX.

La Junta Provisional y el primer gobierno

La Junta Provisional Gubernativa no solamente participó en la declaración de Independencia.

Ese mismo 28 de septiembre estableció una Regencia encargada del Poder Ejecutivo. Entre sus integrantes estuvieron Agustín de Iturbide, Juan O’Donojú, Manuel de la Bárcena, José Isidro Yáñez y Manuel Velázquez de León.

Era una solución provisional para un país que apenas comenzaba a organizarse.

Este punto resulta importante porque permite comprender que la Independencia no significó únicamente retirar la autoridad española. También obligó a crear instituciones, definir responsabilidades y establecer quién gobernaría mientras se decidía el futuro político de la nación.

La celebración del día anterior daba paso a una tarea mucho menos visible, pero igualmente trascendente: construir un Estado.

Dos ejemplares para una declaración histórica

El Acta fue elaborada en dos ejemplares originales.

Uno quedó destinado al ámbito legislativo y el otro permaneció bajo resguardo gubernamental. La existencia de ambas copias buscaba preservar un documento que desde sus primeros días fue considerado fundamental para la nueva nación.

Pero el destino de esos dos ejemplares terminó siendo extraordinario.

El primero permaneció durante décadas relacionado con el Poder Legislativo. En 1909, un incendio destruyó el recinto legislativo de Palacio Nacional y con él desapareció ese ejemplar.

La historia de la segunda copia sería todavía más accidentada.

El Acta que desapareció durante más de un siglo

El segundo ejemplar salió de la custodia del gobierno durante el siglo XIX.

Existen testimonios históricos sobre su desaparición alrededor de 1830, y durante décadas el documento pasó por distintas manos fuera de México. Su recorrido fue tan complejo que durante mucho tiempo el país no tuvo bajo su custodia ninguno de los dos originales elaborados en 1821.

Mientras una copia había terminado destruida por el incendio de 1909, la otra sobrevivió lejos de los archivos nacionales.

Finalmente, después de 131 años, el documento regresó a manos del Estado mexicano en 1961. Antes de incorporarlo definitivamente al patrimonio documental de la nación se realizaron estudios para comprobar su autenticidad.

Hoy ese ejemplar se encuentra bajo resguardo del Archivo General de la Nación, donde se conserva como uno de los testimonios documentales fundamentales de la Independencia de México.

Así, el Acta no solamente cuenta una historia por lo que dice.

Su propia supervivencia forma parte de la historia de México.

Del 27 al 28 de septiembre: dos días que se complementan

Las fechas pueden parecer similares, pero representan momentos diferentes.

El 27 de septiembre de 1821, la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México simbolizó la Consumación de la Independencia.

El 28 de septiembre, la nueva autoridad provisional declaró mediante el Acta la condición soberana e independiente de la nación y comenzó a establecer las estructuras necesarias para gobernarla.

Por eso conviene observar ambos días como partes consecutivas del mismo desenlace.

Uno ocurrió ante las calles llenas de personas, tropas y símbolos. El otro quedó escrito sobre papel y acompañado por decisiones políticas que intentaban dar forma al país recién independizado.

El primero cerraba una larga lucha.

El segundo planteaba una pregunta todavía mayor:

¿qué clase de nación sería México a partir de entonces?

Una nación independiente que todavía debía construirse

El Acta del 28 de septiembre no resolvió los problemas del nuevo país.

México heredó profundas diferencias sociales, dificultades económicas y desacuerdos sobre la forma que debía adoptar su gobierno. Durante los años siguientes se sucederían proyectos monárquicos y republicanos, conflictos políticos y nuevas disputas por el poder.

La Independencia había sido alcanzada, pero la construcción de una nación apenas comenzaba.

Esa diferencia ayuda a comprender por qué el 28 de septiembre merece un lugar propio dentro de la memoria histórica mexicana.

No fue solamente “el día después” de la entrada del Ejército Trigarante.

Fue la jornada en que la independencia quedó expresada en un documento destinado a representar la soberanía del nuevo país y en que comenzaron a funcionar las primeras autoridades de aquella nueva etapa.

Dos siglos después, uno de aquellos ejemplares todavía existe.

Sobre sus páginas permanece el testimonio de un momento irrepetible: cuando México dejó atrás la lucha por separarse de España y comenzó la compleja tarea de decidir qué haría con su independencia.

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